LA SAGRADA ESCRITURA
San Jerónimo subrayaba la alegría y la importancia de familiarizarse con los textos bíblicos:
«¿No te parece que estás -ya aquí, en la tierra- en el reino de los cielos, cuando se vive entre estos textos, cuando se medita en ellos, cuando no se busca otra cosa?»
(Ep. 53, 10).
En realidad, dialogar con Dios, con su Palabra, es en un cierto sentido presencia del Cielo, es decir, presencia de Dios. Acercarse a los textos bíblicos, sobre todo al Nuevo Testamento, es esencial para el creyente, pues «ignorar la Escritura es ignorar a Cristo»
. Es suya esta famosa frase, citada por el Concilio Vaticano II en la constitución «Dei Verbum» (n. 25).
Benedicto XVI presenta las enseñanzas de San Jerónimo
Lecturas de la Santa Misa del día y de cualquier fecha
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el pecador los posee.
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
¿quién perdonará sus pecados?
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.
que os améis unos a otros, como yo os he amado. R
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
“Págame lo que me debes”.
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
DOMINGO DE LA XXIV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A
En una de las peticiones de la oración por excelencia, que es la que nos enseñó Jesús: el Padre Nuestro, decimos: perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden
. La postura del perdón que tan lejos estaba en los ambientes donde se vivía normalmente la ley del talión
, ojo por ojo... Jesús nos la aclara con la parábola que hoy nos trae el Evangelio: el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados...
Al comentar la diferencia entre los diez mil talentos y los cien denarios los comentaristas están de acuerdo en la distancia fabulosa que hay entre una y otra cantidad (la Biblia de la CEE dirá cien denarios y diez mil talentos igual a 174 toneladas de oro y cien denarios igual a 30 gramos) lo cierto es que el Señor quiso poner de relieve que ante la deuda que tenemos frente a Dios, cualquier cosa que tengan de deuda los demás para con nosotros es insignificante.
Ya la respuesta de Jesús ante la pregunta de Pedro: no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
; nos marca cuál tiene que ser nuestra postura ante los demás; e indirectamente comprendemos ya la disponibilidad que encontraremos en el Señor siempre que nos sintamos en la necesidad de acercarnos a Él pidiéndole perdón.
A la luz de las afirmaciones del Evangelio de hoy tiene un matiz especial la antífona que leemos como introducción al mismo: os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado
.
En los ambientes donde parece que volvemos a la ley del talión
, chocará siempre la postura del cristiano. De hecho es un matiz que descubrimos de un modo permanente en quienes van al martirio por odio a su fe. Desde San Esteban que dirá al morir apedreado: Señor, no les tengas en cuenta este pecado
; hasta los mártires de nuestros días que mueren con este sentimiento del perdón ante sus verdugos.
No entro a reflexionar sobre la exigencia de justicia que tienen muchos ante injusticias flagrantes y que no están reñidas con lo que nos dice Jesús hoy. Ante muchos está la figura de San Juan Pablo II, perdonando en la cárcel a quien intentó matarlo, pero no impidiendo que se aplicara en él la justicia humana.
Lo que sí es cierto es que el perdón se aplicará sólo y siempre cuando haya en nosotros un auténtico arrepentimiento.
En Dios el atributo de su misericordia no puede ir en contra de su justicia. Esta afirmación desarrollada con la ley de Dios nos aclara aspectos que vemos aplicados en la reflexión de hoy. Léase el tema: EL QUE DIOS SEA MISERICORDIA INFINITA EN DONACIÓN ETERNA DE AMOR, NO PUEDE IR EN CONTRA DE SU JUSTICIA POR EXIGENCIA DE SU COETERNA Y SUBSISTENTE SANTIDAD
(Colección Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa
Opúsculo nº 14 páginas 37-50)
23-6-2001
EL QUE DIOS SEA MISERICORDIA INFINITA EN DONACIÓN ETERNA DE AMOR, NO PUEDE IR EN CONTRA DE SU JUSTICIA POR EXIGENCIA DE SU COETERNA Y SUBSISTENTE SANTIDAD
Dios, rompiendo en misericordia por Cristo al hombre, tiene que ser respondido por éste en justicia, ante la donación del Verbo Infinito Encarnado; cosa que el Señor también me hizo entender, penetrada de su sabiduría divina, abrasada en su fuego y bajo el impulso de su fuerza, el día 3 de abril de 1959:
El que Dios sea misericordia infinita en donación eterna de amor, no puede ir en contra de su justicia, que exige respuesta de retornación de la criatura al Creador según corresponde al don recibido; puesto que, a mayor donación, más grande respuesta. «A quien mucho se le da, mucho se le reclamará, y a quien mucho se le ha entregado, mucho se le pedirá»1 .
¡Cómo veía este día que la exuberancia pletórica de sus atributos insondables, en infinitud infinita de infinitudes de perfecciones y atributos, por la perfección del mismo ser de Dios, era como un concierto en el acoplamiento melódico de la realidad, infinitamente sida y abarcadora, de su Divinidad...!
Comprendiendo hoy y penetrando que algo parecido sucede con los diversos dones y carismas que Dios reparte a los fieles; que si son de Dios, no pueden oponerse unos a otros, sino que se compenetran y ayudan recíprocamente para la consecución de un mismo fin, bajo la acción de un mismo Espíritu, un mismo Señor y un único Dios.
Viniéndome al pensamiento las palabras del Apóstol San Pablo sobre los diversos dones y carismas que Dios da a su Iglesia para la consolidación y expansión de toda ella:
«A cada uno de nosotros ha sido dada la gracia en la medida del don de Cristo... Y Él constituyó a unos apóstoles, a otros, profetas, a éstos, evangelistas, a aquéllos, pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo...; llegándonos a Aquél que es nuestra cabeza, Cristo, por quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren según la operación de cada miembro, va obrando su crecimiento en orden a su construcción en la caridad»2.
«Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor. Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos. Y a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad... Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere.
Porque así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo...
De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan. Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro»3.
«¡Que no se confundan...! –exclamaba entonces–. Sobreabunda la misericordia para quien quiera aprovecharse de la Sangre redentora de Cristo, la Misericordia Encarnada; sobreabunda al pecado la misericordia y el amor, para aquellos que quieran aprovecharse de la sobreabundancia de la misericordia infinita en derramamiento amoroso de los torrenciales afluentes divinos de los eternos Manantiales».
¡Qué dolor! ante la confusión, llena de insensatez, de los que piensan, por falta de conocimiento de la excelencia subsistente de Dios, que, por haber sido redimidos por Cristo, ya podemos oponernos a la Santidad infinita, que, por justicia, exige respuesta de la criatura; no ya sólo como Creador, sino ¡también como Redentor que muere, lleno de amor misericordioso, para redimir al hombre con su Sangre santísima...!
¿Cómo es posible que el desvarío de la mente humana, intentando acogerse a la misericordia divina, que por justicia exige la respuesta del hombre redimido, piense que, aunque se rebele contra Dios y desprecie la donación de la Redención, está salvado; y sin haber sido purificado y santificado por la Sangre del Unigénito Hijo de Dios, pueda entrar sin traje de fiesta en las Bodas del Cordero?
«Entrando el rey para ver a los que estaban a la mesa, vio allí a un hombre que no llevaba traje de boda, y le dijo:
Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?
. Él enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos
»4.
¡¿Cómo podrá, por justicia, el Dios Misericordioso Encarnado, siendo menospreciado, llevar a los que se enfrentan obstinadamente a su Santidad, a participar para siempre en la Eternidad de la felicidad de la vida divina en intimidad de familia con las divinas Personas?!
¡¿Cómo podrá unirse a Dios el pecado del hombre con su: «no me someteré a tu voluntad ni como Creador ni como Redentor», que abusando de las donaciones del mismo Dios, se opone a todo su ser manifestándose su voluntad contra el pecado, menospreciándole y ultrajándole?! [...]
¡Y cómo podré expresar lo que es para mi alma, profundizada en los misterios de la Eterna Sabiduría, la soberanía majestuosa del que Es!; el cual imprimió en mi espíritu algo que quedó grabado en la médula de mi ser para siempre, y que ahora quiero contar, transcribiendo un fragmento del escrito del 2 de septiembre de 1997:
«Cuando aún sólo tenía unos 27 años, fuimos un grupo de chicas consagradas a veranear a un pueblecito de la sierra de Ávila [...]; desde donde íbamos algunas veces a pasar el día al Santuario de la Virgen del Espino; para, aprovechar, al mismo tiempo que estábamos en el campo, ocasiones de acompañar a Jesús Sacramentado en el sagrario. Cosa que ha sido una de las tendencias más fuertes de mi vida.
Por lo que siempre que podía, me escabullía del grupo, para entrar de vez en cuando en la iglesia, acercarme al sagrario y acompañar a Jesús, amarle, consolarle..., procurando hacerle sonreír con mis
locuras de amor
, como yo las llamaba; que me hacían, muchas veces, bailar espiritualmente ante Él, como en mis años primeros; comprendiendo, en saboreo amoroso, lo que esto le gustaba a Jesús.
Lo cual llenaba de gozo mi alma de niña
enamorada, ante el amor que tenía a mi Esposo divino. [...]
Y durante este día de campo tan feliz que estaba pasando, una de las veces que corría presurosa desde los portones del Santuario hacia el altar mayor, donde estaba Jesús Sacramentado, ¡oh lo que me ocurrió...!, [...] ¡tan sorprendente, y hasta entonces, para mí, desconocido!:
Cuando sólo me faltaban unos diez metros para llegar al presbiterio –donde solía postrarme de rodillas, llamaba a la puertecita del sagrario..., me gustaba meter el dedo pequeño en el agujerito de la llave como si intentara abrirlo en mis atrevimientos de juegos amorosos en requiebros llenos de ternura indescriptible e indecible con mi Jesús del sagrario, los cuales yo sabía bien que le gustaban–;
de pronto, en un momento lleno de sorpresa indescriptible, ¡¡empecé a experimentar la terribilidad terrible, majestuosa y soberana del infinito poderío de Dios lleno de magnificencia y esplendor en la altura de su inmensidad insondable, inaccesible e intocable, que me dejó parada en seco, de pie, y sin atreverme a mirar a ninguna parte, ni a moverme, ni casi a respirar...!!
Y esto era de un modo tan profundo, sorprendente y majestuoso, que sentía que, si daba un paso más, allí mismo podía quedar muerta por la majestad excelsa, terrible y todopoderosa del Jesús que estaba en el sagrario, y que se me manifestaba en el esplendor deslumbrante y omnipotente de su gloria, como el Dios terrible de majestad soberana; al que criatura alguna no se podía acercar, sin quedar destruida en un instante, si no era invitada por el poderío de la Soberanía Infinita.
Y de tal manera era esto, [...] ¡que no me atrevía a moverme ni una chispita...!, ni siquiera para tirarme al suelo a adorar. Porque experimentaba en todo mi ser que, ante cualquier movimiento, podía quedar aniquilada por el poder majestuoso e imperioso de la excelencia, en terribilidad aplastante, del Ser Infinito, Omnipotente y Eterno.
Por mucho que diga, [...] de lo que me sucedió en este día, jamás lo podré expresar, por no tener palabras ni conceptos para que la mente humana lo pueda captar.
[...] ¡Ni siquiera me atrevía a mirar para detrás, ni echar a correr!, como tanto lo deseaba por el impulso que sentía de liberarme y escapar de aquella sorprendente situación; que al mismo tiempo que me inundaba de temor, me hacía conocer la magnificencia poderosa y esplendorosa del Dios de la Eucaristía que, por amor al hombre, está oculto bajo las apariencias sencillas, sacrosantas y misteriosas de un pedacito de Pan.
¡Un paso más, y tal vez hubiera podido quedar aniquilada por el poderío inconmensurable del Infinito Ser!
Y, cuando me parecía que mi pobre naturaleza no podía soportar aquella majestuosa pero abrumadora situación, ya que hasta las piernas me temblaban, de pronto, empecé a experimentar de una manera pausada y suave que el Jesús de mi sagrario, dulce, tierna y acariciadoramente, me tendía la mano, invitándome a que me acercara...
Mi primer instinto, al ver que ya me podía mover, fue echar a correr y escapar por la puerta.
Pero el Dios del Sacramento me hacía comprender, lleno de ternura, amor, misericordia y compasión, que quería que me acercara a Él ¡y con la misma confianza que siempre lo había hecho!; experimentando que, con brazo extendido en paternidad amorosa sobre mi pobre alma, me pedía que fuera hacia Él; mientras que, temblorosa, iba andando quedamente y despacito, casi sin atreverme a avanzar.
Y cuando al fin me acerqué al sagrario, pues Jesús así me lo pedía, allí ¡adoraba..., amaba... y me anonadaba...!, mientras sentía la caricia acogedora de Jesús, consolándome y, lleno de ternura, invitándome a acercarme para reclinarme en su pecho.
Pero la impresión de lo que acababa de vivir no se me podía quitar tan fácilmente, a pesar de que la ternura amorosa de Jesús hacia mí era indescriptible.
Haciéndome comprender, con cuanto había vivido, la majestad soberana que Él era en terribilidad de poderío infinito, ante el cual toda criatura tenía que estar llena de veneración, respeto, reverencia y adoración; y la bondad infinita de su misericordia, que se inclina a la criatura de tal manera que descansa en ella..., se goza..., y hasta, con los juegos amorosos de mi delirio de amor, era capaz de hacerle sonreír...
Con la cabeza inclinada delante del sagrario, aprendí aquella enseñanza que Jesús, con ternura de amor infinito, hizo a la pequeña Trinidad de la Santa Madre Iglesia; para que, aunque llena de confianza en su misericordia infinita rebosante de inéditas ternuras y amores eternos, comprendiera, distinguiendo bien, lo que Dios es en sí, por sí y para sí, y hasta dónde se abaja, inclinándose a la pequeñez del hombre.
Por lo que, desde este día, a pesar de tener tanta confianza como Jesús me da, un santo temor de Dios en respetuosa reverencia amorosa me hace entender más profundamente, en sapiental sabiduría, cuál es la distancia que existe entre la criatura y el Creador.
Recordando el pasaje en el que Yahvé, desde la zarza ardiendo, dijo a Moisés:
No te acerques, quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar sobre el que estás de pie es una tierra santa
5.
La Casa de Dios y Morada del Altísimo en la tierra ha sido consagrada para el culto, la adoración y la oración.
Entró Jesús en el templo de Dios y arrojó de allí a cuantos vendían y compraban en él, y derribó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas, diciéndoles: Escrito está: ‘Mi casa será llamada casa de oración’, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones
6.
Penetrando y comprendiendo con qué veneración, respeto y adoración tenemos que entrar y mantenernos en el Sancta Sanctórum de los templos consagrados a Dios;
entonando el himno de alabanza de los Serafines ante el Señor sentado en su trono alto y sublime...: ¡Santo, Santo, Santo, Yahvé Sebaot! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!
7».
¡Qué confusa [...] la mente del hombre...!, ¡qué ofuscada y qué tenebrosa!, por falta de conocimiento del Infinito Ser, por compararlo siempre con nosotros; llegando, en nuestra insensatez, a querernos aprovechar desordenadamente de la divina misericordia, sin hacer justicia, con nuestra respuesta amorosa a la Santidad de Dios ultrajada y ofendida por la criatura, al Supremo Creador manifestándose en voluntad.
[...] La voluntad infinita de Dios, derramándose en Santidad, exige, por justicia, en su serse justicia de perfección, respuesta del hombre, ya no sólo por haberle creado, sino por la donación del Dios Infinito Encarnado que, hecho Hombre, busca incansable la manera de glorificarse a través de su amor misericordioso;
y que, irrumpiendo en el romance más inédito que se pueda pensar, reventando en sangre por todos sus poros, coronado de espinas, clavado en la cruz, con su costado abierto y sus llagas sangrantes, nos clama cruzado en el Abismo: «El que tenga sed que venga a mí y beba, y Yo le daré de balde del agua de la vida»8.
«El que come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y Yo en él y Yo le resucitaré el último día»9.
Y así, «las águilas reales», con corazón candente y ojos de luminosa sabiduría, cruzan el Abismo; para, mediante la Redención del Cristo Grande de todos los tiempos, que se perpetúa en donación amorosa a los hombres en la Iglesia, ser llevadas por Él al triunfo definitivo de los Bienaventurados; y con la entrada de Cristo en la Eternidad, introducirnos a vivir, en disfrute dichosísimo, en el gozo infinito de la participación, en gloria, de la misma vida divina de la Trinidad.
Y en esta mañana, fiesta del Inmaculado Corazón de María, también durante el Santo Sacrificio del Altar, llena y exultante de gozo en el Espíritu Santo por el amor filial tan grande y desbordante que oprimo en mi espíritu hacia la Santísima Virgen, sentí que la Sapiencia divina, especialmente en el momento de la Consagración, imprimía en lo más profundo de mi espíritu algo muy dulce y saboreable sobre la Santísima Virgen, la Madre del Verbo Infinito Encarnado, el cual es la Divina Misericordia que se nos derrama a borbotones desde el Seno del Padre por su costado abierto a través de la Maternidad de María para la salvación en restauración de la humanidad caída.
Mi espíritu penetraba gozosamente que el derramamiento de la misericordia infinita sobre el hombre caído, fue anunciado y promulgado por Dios en el Paraíso terrenal; que se nos daría por medio de la Mujer, cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer, entre tu linaje y el suyo: Éste te aplastará la cabeza y tú le atacarás al calcañal»10.
Ya que por María, en María, por la voluntad del Padre, el amor del Espíritu Santo y la Encarnación del Verbo, el Unigénito de Dios se hizo Hombre y habitó entre nosotros, siendo el Primogénito de la descendencia de la Mujer.
Por lo que en el año 1959 mi alma exclamaba: «María es la que tiene la
culpa
de que todos los hombres se llenen de gracia y vivan de Dios, porque arrancando la Gracia que sale del Seno del Padre, que es el Verbo, robó al Padre la Fuente de la gracia –de cuya plenitud todos hemos recibido
11– y se la dio a los hombres».
Es María la Madre de Cristo, el Hijo de Dios Encarnado y su Hijo, la Madre de la Misericordia; por lo cual la proclaman bienaventurada todas las generaciones.
Siendo María la Puerta del Cielo, la Madre del amor hermoso.
Entonando mi alma, exultante de gozo en el Espíritu Santo, con la Santísima Virgen, su Magníficat de gloria:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador..., su Nombre es Santo, y su misericordia de generación en generación llega a los que le aman...
Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros Padres en favor de Abraham y su descendencia por siempre»12;
dando gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo por el Unigénito de Dios hecho Hombre, el Hijo de María y el Primogénito de la humanidad, que es Dios, «porque sus misericordias son eternas»13 y no tienen fin.
1 Lc 12, 48. 2 Ef 4, 7. 11-12. 15b-16. 3 1 Cor 12, 4-7. 11-12. 26-27. 4 Mt 22, 11-14. 5 Éx 3, 5. 6 Mt 21, 12-13. 7 Is 6, 1-3. 8 Jn 7, 37; Ap 21, 6. 9 Jn 6, 56. 40. 10 Gén 3, 15. 11 Jn 1, 16. 12 Lc 1, 46-55. 13 Sal 135.
