Tiempo de Cuaresma
Domingo, 22 de marzo 2026
estola de color morada
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LA SAGRADA ESCRITURA

San Jerónimo subrayaba la alegría y la importancia de familiarizarse con los textos bíblicos:
«¿No te parece que estás -ya aquí, en la tierra- en el reino de los cielos, cuando se vive entre estos textos, cuando se medita en ellos, cuando no se busca otra cosa?» (Ep. 53, 10).

En realidad, dialogar con Dios, con su Palabra, es en un cierto sentido presencia del Cielo, es decir, presencia de Dios. Acercarse a los textos bíblicos, sobre todo al Nuevo Testamento, es esencial para el creyente, pues «ignorar la Escritura es ignorar a Cristo». Es suya esta famosa frase, citada por el Concilio Vaticano II en la constitución «Dei Verbum» (n. 25).

Benedicto XVI presenta las enseñanzas de San Jerónimo

Lecturas de la Santa Misa del día y de cualquier fecha

Elegir un día en el calendario para ver sus Lecturas. Los Domingos y Festivos contienen un breve comentario.

Estola de color morada
Domingo V de Cuaresma
Primera lectura
Ez 37, 12-14
Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis
Lectura de la profecía de Ezequiel.
ESTO dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os sacaré de ellos, pueblo mío,
y os llevaré a la tierra de Israel.
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis;
os estableceré en vuestra tierra
y comprenderéis que yo, el Señor,
lo digo y lo hago —oráculo del Señor—».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8 (R: 7cd)
R
Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa.
V
Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R
V
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R
V
Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R
V
Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R
Segunda lectura
Rom 8, 8-11
El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Palabra de Dios.
Versículo antes del Evangelio
V
Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—;
el que cree en mí no morirá para siempre.
Evangelio
Jn 11, 1-45
Yo soy la resurrección y la vida
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.
Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Los discípulos le replicaron:
«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».
Jesús contestó:
«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».
Dicho esto, añadió:
«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».
Entonces le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, se salvará».
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
Entonces Jesús les replicó claramente:
«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
«Vamos también nosotros y muramos con él».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
«El Maestro está ahí y te llama».
Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloría de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor.

DOMINGO DE LA V SEMANA DE CUARESMA CICLO A

Aunque centraremos principalmente nuestra atención en el Evangelio -la resurrección de Lázaro-, veamos también la lección de la primera lectura: restauración del pueblo que vive en el exilio y en la segunda lectura: la promesa de la restauración de cada uno de nosotros: El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales...

¡El poder de Cristo es capaz de renovar totalmente la creación entera y al hombre que fue rey de la creación y que es víctima del pecado y sus consecuencias, al pueblo de Israel desecho también por sus infidelidades a Dios!

Constatar las consecuencias de su infidelidad a Dios ha sido frecuentemente lo que ha llevado al pueblo de Dios a volver a Él y en su grado también en la historia de la Iglesia y de la humanidad.

Si buscamos las razones del porqué Dios deja para el fin de los tiempos la plena restauración del hombre en la resurrección de los cuerpos, una muy clara es la gran lección de la muerte en la que tan claramente se palpa que sólo Dios se es y que nosotros por nosotros mismos somos nada.

Veamos algunos pensamientos de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia (del libro Frutos de oración):

1.169. La muerte es la rendición del hombre ante Dios, que, con la destrucción de su ser, le dice: Tú sólo eres de por ti, y lo que no eres Tú, no es más que lo que Tú quieres que sea, en tiempo, realidad y ser. (8-5-1970)

1.170. Un hombre muerto está diciendo a Dios con su destrucción, en demostración de su total impotencia: Tú sólo eres. (8-5-1970)

1.171. La soberbia del hombre termina con y en su destrucción el día de la muerte, sometiéndose al que Es, en manifestación de su nada ante el Todo, que para serlo todo, se es en sí, por sí y para sí mismo. (8-5-1970)

1.172. Gracias, Señor, por el descanso que me das, al saber que un día, con mi muerte, yo seré una demostración visible de que Tú sólo eres, y de que yo no soy. (8-5-1970)

1.173. El día que el hombre dijo a Dios que «no», murió; y con su muerte, en rendición total, clamó escalofriantemente: Tú sólo eres, y todo lo que no eres Tú, a ti te está sometido. Yo hoy lo demuestro con mi destrucción y fracaso total, pues, si Tú no me resucitas, ya nada soy capaz de ser ni hacer. (8-5-1970)

1.175. La muerte es la consecuencia del «NO TE SERVIRE», y la rendición del hombre, diciendo con su destrucción: «Tú sólo eres de por ti, y yo dependo total y exclusivamente de tu voluntad; lo reconozco, en ti espero». (8-5-1970)

¡Bonita lección que brota de la promesa de restauración de la sociedad en general y de nuestra restauración!

Pero metámonos en el Evangelio: resurrección de Lázaro. Sigamos un poco el diálogo: le comunican a Jesús la enfermedad sin duda muy grave de Lázaro y Jesús se quedó todavía dos días donde estaba. Por lo que aparece después estaba sin duda lejos: en Galilea o en la Decápolis donde se había refugiado ante las hostilidades de los judíos.

La aparente indiferencia de Jesús tiene su explicación. Él sabe que ha muerto y quiere que pasen más de tres días para que la resurrección sea más asimilable, tratándose de un cadáver en descomposición, como subraya también Marta: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.

Jesús ha querido probar la fe de Marta y María y ha querido también dar una muestra clara de su divinidad: Padre te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado. Antes había dicho: esta enfermedad no acabará con la muerte, sino para la gloria de Dios...; las lágrimas de Jesús: sollozó y, muy conmovido, preguntó. Más adelante: Jesús, sollozando de nuevo y un poco antes: Jesús se echó a llorar.

Este llorar de Jesús, señalado por tres veces, dice sin duda mucho en torno a su sensibilidad humana y viendo más allá de la escena presente la capacidad de Jesús de llorar ante las consecuencias tremendas y el sufrimiento que lleva consigo el pecado para toda la humanidad.

Qué bien vienen aquí las frases de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia: (Opúsculo nº 2 del libro Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa):

Pero a Dios, al mirar al hombre en la situación en que se encuentra después de haberse rebelado contra su Creador en el Paraíso terrenal, por instigación del diablo, se le mueven las honduras de sus entrañas en compasión, se le remueve la médula de su ser infinito, se siente estremecer en el amor del Espíritu Santo. Las tres divinas Personas, mirándose entre sí, hubieran roto a llorar –si en Dios cupiera el llanto, que no cabe–, ante la catástrofe espeluznante en que el hombre está envuelto: ¡aquella criatura que con ternura infinita fue creada por su mano omnipotente; aquella que, llena de los dones del Espíritu Santo, era capaz de ser, por participación, lo que Él mismo era; la criatura en la que Él había ido poniendo los reflejos de su serse sabiduría, de su serse Padre, de su serse amor candente en las llamas del Espíritu Santo...!

Y fue ¡tanto, tanto, tanto! el destrozo del hombre ante Dios que no puede llorar, que, para poder llorar, Dios se hace Hombre. ¡Porque había que llorar, como fuera, ante aquella respuesta de la criatura a su Creador!

Y Dios, a pesar de no poder realizar en sí, por la plenitud de su ser y la grandeza de su subsistencia, la necesidad de padecer y llorar por la situación escalofriante en que el hombre se encontraba, inventó, de una manera portentosa y maravillosa, el modo de poder realizar aquello que el «no» de la criatura clamaba ante la rotura de los planes eternos.

«Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado»17.

«Lloró Jesús, y los judíos decían: ¡Cómo le amaba!»18.

Y «al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella diciendo: ¡Si al menos en este día conocieras también tú lo que te traigo para la paz...! Pero no: está escondido a tus ojos»19.

17 Heb 5, 7. 18 Jn 11, 35-36. 19 Lc 19, 41-42.

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