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Martes, 7 de julio 2020
estola de color verde

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS

Los cuatro dogmas fundamentales definidos por la iglesia en torno a la virgen: Inmaculada Concepción, Virginidad Perpetua, Maternidad Divina y Asunción en cuerpo y alma a los cielos, están estrechamente unidos. La Maternidad Divina es la que da sentido pleno y justifica todos los demás dogmas, pero cada uno de ellos tiene su encanto y riqueza particular.

La historia de cada uno de ellos está perfectamente integrada en la fe de la Iglesia. El último en ser definido es el de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. A pesar de la profunda devoción de los fieles y la Iglesia entera en torno a la Asunción de María, la definición se realizo en 1950.

En la definición el papa Pio XII explícitamente no quiso hablar de la muerte o no muerte de María usando la expresión: declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fué asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. (Immaculatam Deiparam semper Virginem Mariam, expleto terrestris vitae cursu, fuisse corpore et anima ad caelestem gloriam assumptam).

No es el momento de entrar en la génesis de las opiniones de los teólogos sobre esta materia. Tratemos de gozarnos en aquel momento glorioso para María y para la Iglesia, en que María es glorificada al entrar en cuerpo y alma en la Eternidad.

Como en otras muchas verdades de nuestra fe tuvo la Madre Trinidad una experiencia singular de este misterio.

Veamos cómo nos lo describe:

«Al atardecer de este día, 15 de agosto de 1960, tuve una luz muy fuerte de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a la Eternidad.

Contemplé cómo era levantada toda Ella por el beso inmutable del Espíritu Santo.

Como otras muchas veces, me sentí totalmente tomada por Dios, y expresé, como pude, lo que mi alma vio de la Asunción de Nuestra Señora.

Sintiéndome robada y translimitada por la contemplación de tan maravilloso espectáculo, gocé de una dulzura tan profunda, de una paz tan espiritual y de una dicha tan indescriptible, que jamás podré olvidar esta impresión. Y me dejó tan tomada, que durante mucho tiempo tuve una presencia continua de este gran momento:

¡Se ha dormido la Señora...! Se ha dormido a la vida de la tierra, para vivir en toda su plenitud la posesión de la Eterna Sabiduría en su clara, plena y total visión.

¡Se ha dormido la Señora...! Sueño que es un romance de amor, lanzado por la Boca divina en el beso eterno de la sabiduría amorosa del Espíritu Santo.

¡Se ha dormido la Señora...!»

[...]

Toda la vida de María, de la Virgen, fue una asunción que, al llegar el instante cumbre, máximo, repleto y total de su transformación en Dios, según su capacidad como criatura única, predestinada y creada para ser Madre del Verbo Infinito Encarnado por la voluntad del Padre, bajo el arrullo infinito y la suavidad sonora del Espíritu Santo, Consorte divino de la Virgen, que la hizo romper en Maternidad divina; se paró ante la posesión cara a cara, en la luz de la Gloria, de la Sabiduría Eterna en su inmutabilidad infinita...

[...]

¡Silencio...!, ¡Silencio...!

¡Silencio...!, que la inmutabilidad inmutable del serse del Ser, en su acto trinitario de vida divina, se lanza silenciosa y amorosamente al encuentro de aquella alma tan divinizada, en la cual, suave y tiernamente..., en la profundidad profunda de su paz silenciosa..., la adorable Trinidad deposita un beso de inmutabilidad infinita...

Beso de Eternidad que, en el silencio sabroso de la boca divina del Espíritu Santo, atrae, como un imán sutilísimo, al alma de la Virgen, levantando con Ella a su cuerpo por la fuerza de la brisa acariciadora del ímpetu divino, a la posesión total, completa y absoluta, en pleno goce, de la luz resplandeciente de su faz divina.

¡Oh, qué momento de felicidad rebosante de plenitud para la Virgen...!

¡Silencio...!, ¡Silencio...!

¡Silencio...!, que la Señora siente que toda su alma se enciende suave y pacíficamente en el calor sabroso, misterioso e infinitamente inalterable del beso divino de la Inmutabilidad por esencia en un acto trinitario...

Y sin casi apercibirlo..., sin darse cuenta..., sin notar nada..., la Señora se encuentra, en un abrir y cerrar de ojos deleitable..., suave y silencioso..., ante aquel Dios que Ella contemplara y poseyera durante toda su vida; pero ahora, realizado el grado de divinización determinado por el mismo Dios, es arrebatada e introducida en la cámara nupcial, para tener en la Patria lo mismo que tenía en el destierro, pero en posesión plena, gozosa y absoluta de Eternidad.

[...]

Se está durmiendo María
en los brazos del Señor;
en celestiales conciertos,
robada por su Amador...

¡No se obró ninguna cosa
el día de su Asunción
más que, en un sueño amoroso,
el Cielo se la llevó...!

¡Se ha dormido la Señora
Blanca de la Encarnación...!

En María, por su Inmaculada Concepción y por la aplicación en ella de la plenitud de la redención, nos gozamos viendo su triunfo definitivo y, mirándola a ella, seguimos percibiendo su ayuda maternal mientras nosotros seguimos luchando en el exilio.

Ver escrito completo: Opúsculo nº 14

Colección: Luz en la noche - El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa

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