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Tiempo Ordinario

miércoles, 19 de junio del 2019
LA SANTA MISA



La Iglesia tiene su sacerdocio y lo vive en plenitud en el momento de la Santa Misa.

Páginas hermosas leemos en la Encíclica de Juan Pablo II “Ecclesia de Eucharistía”: ... “El Hijo de Dios se ha hecho Hombre para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquel que lo hizo todo de la nada.

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Ritual de La Santa Misa

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Opúsculo nº6
El gran Momento de la Consagracion

 

De este modo, El, el Sumo y Eterno Sacerdote... devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad.

Verdaderamente éste es el “mysterium fidei” que se realiza en la Eucaristía: El mundo nacido de las manos de Dios Creador retorna a El, redimido por Cristo”.

Qué maravillosos son los planes de Dios que me permiten vivir con esta visión tan esperanzadora, participando en la Santa Misa y uniéndome así al sacerdocio de Cristo y de su Iglesia para glorificar a Dios y renovar constantemente nuestra redención.

Reflexiones de  fe viva encontramos en los escritos de la Madre Trinidad. Vayan algunas muestras entresacadas del opúsculo nº 6 (Libro “Luz en la noche”):


“¡Ay sacerdote de Cristo, cómo te veo...! ¡Pero qué pequeñito eres ante este gran misterio de la santa Misa...!
¡Ay sacerdote de Cristo...! ¡Po­brecito! ¡Qué pequeñín ante la terribilidad terrible de la Tri­nidad, a pesar de ser tan excelsa tu dignidad...!
¡Ay...! ¡Pobrecito sacerdote, hi­jo mío y padre de mi alma...! ¡Pero qué pequeñín ante la terribilidad terrible del serse del Ser, que se te da en Don y te pide tu respuesta...!
¡Pobrecito...! ¡Cómo te veo ante la con­tem­pla­ción del Intocable, que, en la esplendidez de su majestad eterna, desde las alturas, espera tu pala­bra para abajarse, en el milagro más sorprendente que la mente del hombre pudiera vis­lumbrar...!
Te veo tan pequeñito... ¡y clamando con voz potente por la fuerza que la unción sagrada dio a tu palabra, capaz de abrir el Sancta Sanctórum de la Trinidad, desco­rriendo el velo del Templo para pedirle que pronuncie su Palabra para ti, realizándose, por esta palabra tuya, como un nuevo misterio de la Encarnación...!
¿Qué eres tú, hombrecito...? ¡Ay sacerdote de Cristo...! ¡Ay...! ¡Ay hijo mío! ¡Pobrecito...!
Estoy llorando de anonadación, de respeto, de amor y pavor ante esta realidad terrible que mi alma contempla.
¡Ay, si yo fuera sacerdote...! ¡En este momento moriría...! Aún no sé si, por verlo, podré vivir.
¡Ay sacerdote de Cristo, pobrecito...! ¡Respon­de como puedas al Amor...!
¡Ay, sacerdote de Cristo!, ¡responde...!, ¡res­pon­de a la Trinidad que se te da en Don, como sepas, como puedas!
¡Qué pequeño eres ante la te­rri­bilidad terrible del Momento de la Consagración...!”

Seamos conscientes los sacerdotes por nuestro ministerio sacerdotal y los fieles por su sacerdocio místico, del gran regalo que supone vivir la Santa Misa en postura sacerdotal de glorificación de Dios y de comunicación  de vida a las almas.
Santa Misa


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RITUAL DE LA SANTA MISA

INDICE

RITOS INICIALES
LITURGIA DE LA PALABRA
LITURGIA EUCARÍSTICA
RITO DE LA COMUNIÓN
Padre Nuestro
"La Paz"
Cordero de Dios
RITO DE CONCLUSIÓN
CORDERO DE DIOS
DE PIE

El sacerdote deja caer en el cáliz una parte del pan consagrado, diciendo en secreto:
El Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna. Mientras tanto se canta o se recita:
‐ Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
‐ Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
‐ Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz
.


El sacerdote reza en secreto la oración para la comunión:
Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable.
O bien:
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permita que me separe de ti.


El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado, lo eleva y lo muestra al pueblo, diciendo:
Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Y, juntamente con el pueblo, añade:
‐ Señor, no soy digno de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya bastará para sanarme.


El sacerdote, después de comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, lee la 'Antífona de Comunión' que corresponde a ese día. Seguidamente, se acerca a los que quieren comulgar y mostrándoles el pan consagrado, dice a cada uno de ellos:
El Cuerpo de Cristo.
El que va a comulgar responde:
‐ Amén.


Después, con el pueblo sentado o de rodillas, tiene lugar la purificación, que es cuando se limpian la patena y el cáliz. El sacerdote dice en secreto:
Haz, Señor, que recibamos con un corazón limpio el alimento que acabamos de tomar, y que el don que nos haces en esta vida nos aproveche para la eterna. Acto seguido, el sacerdote puede ir a la sede, o lugar destinado para sentarse. Si se estima oportuno, se pueden guardar unos momentos de silencio o cantar un salmo o cántico de alabanza.

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