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Tiempo de Adviento

domingo, 9 de diciembre del 2018
LA SANTA MISA



La Iglesia tiene su sacerdocio y lo vive en plenitud en el momento de la Santa Misa.

Páginas hermosas leemos en la Encíclica de Juan Pablo II “Ecclesia de Eucharistía”: ... “El Hijo de Dios se ha hecho Hombre para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquel que lo hizo todo de la nada.

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Ritual de La Santa Misa

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Opúsculo nº6
El gran Momento de la Consagracion

 

De este modo, El, el Sumo y Eterno Sacerdote... devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad.

Verdaderamente éste es el “mysterium fidei” que se realiza en la Eucaristía: El mundo nacido de las manos de Dios Creador retorna a El, redimido por Cristo”.

Qué maravillosos son los planes de Dios que me permiten vivir con esta visión tan esperanzadora, participando en la Santa Misa y uniéndome así al sacerdocio de Cristo y de su Iglesia para glorificar a Dios y renovar constantemente nuestra redención.

Reflexiones de  fe viva encontramos en los escritos de la Madre Trinidad. Vayan algunas muestras entresacadas del opúsculo nº 6 (Libro “Luz en la noche”):


“¡Ay sacerdote de Cristo, cómo te veo...! ¡Pero qué pequeñito eres ante este gran misterio de la santa Misa...!
¡Ay sacerdote de Cristo...! ¡Po­brecito! ¡Qué pequeñín ante la terribilidad terrible de la Tri­nidad, a pesar de ser tan excelsa tu dignidad...!
¡Ay...! ¡Pobrecito sacerdote, hi­jo mío y padre de mi alma...! ¡Pero qué pequeñín ante la terribilidad terrible del serse del Ser, que se te da en Don y te pide tu respuesta...!
¡Pobrecito...! ¡Cómo te veo ante la con­tem­pla­ción del Intocable, que, en la esplendidez de su majestad eterna, desde las alturas, espera tu pala­bra para abajarse, en el milagro más sorprendente que la mente del hombre pudiera vis­lumbrar...!
Te veo tan pequeñito... ¡y clamando con voz potente por la fuerza que la unción sagrada dio a tu palabra, capaz de abrir el Sancta Sanctórum de la Trinidad, desco­rriendo el velo del Templo para pedirle que pronuncie su Palabra para ti, realizándose, por esta palabra tuya, como un nuevo misterio de la Encarnación...!
¿Qué eres tú, hombrecito...? ¡Ay sacerdote de Cristo...! ¡Ay...! ¡Ay hijo mío! ¡Pobrecito...!
Estoy llorando de anonadación, de respeto, de amor y pavor ante esta realidad terrible que mi alma contempla.
¡Ay, si yo fuera sacerdote...! ¡En este momento moriría...! Aún no sé si, por verlo, podré vivir.
¡Ay sacerdote de Cristo, pobrecito...! ¡Respon­de como puedas al Amor...!
¡Ay, sacerdote de Cristo!, ¡responde...!, ¡res­pon­de a la Trinidad que se te da en Don, como sepas, como puedas!
¡Qué pequeño eres ante la te­rri­bilidad terrible del Momento de la Consagración...!”

Seamos conscientes los sacerdotes por nuestro ministerio sacerdotal y los fieles por su sacerdocio místico, del gran regalo que supone vivir la Santa Misa en postura sacerdotal de glorificación de Dios y de comunicación  de vida a las almas.
Santa Misa


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RITUAL DE LA SANTA MISA

INDICE

RITOS INICIALES
LITURGIA DE LA PALABRA
LITURGIA EUCARÍSTICA
Presentación de las ofrendas
Oración sobre las ofrendas
Plegaria eucarística
consagración
RITO DE LA COMUNIÓN
RITO DE CONCLUSIÓN
PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS
SENTADOS

El sacerdote presenta a Dios los dones del pan y del vino que, por la Consagración, se convertirán en el
Cuerpo y la Sangre del Señor. Esta parte se conoce como el 'Ofertorio'.

Al ofrecer el pan, el sacerdote dice:
Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida.
Si el sacerdote lo ha dicho en voz alta, el pueblo aclamará:
‐ Bendito seas, por siempre, Señor.
El diácono o el sacerdote dice en voz baja mientras pone vino y un poco de agua en el cáliz:
El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir
nuestra condición humana.
Al ofrecer el vino, el sacerdote dice:
Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros bebida de salvación.
Si el sacerdote lo ha dicho en voz alta, el pueblo aclamará:
‐ Bendito seas, por siempre, Señor.
El sacerdote, inclinado, dice en secreto:
Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y
que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.
Mientras el sacerdote se lava las manos, dice en secreto:
Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado.
El celebrante se va al centro del altar y, de cara al pueblo, dice:
Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.
El pueblo responde:
‐ El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

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