|
“¡Ay sacerdote de Cristo, cómo te veo...! ¡Pero qué pequeñito eres ante este gran misterio de la santa Misa...!
¡Ay sacerdote de Cristo...! ¡Pobrecito! ¡Qué pequeñín ante la terribilidad terrible de la Trinidad, a pesar de ser tan excelsa tu dignidad...!
¡Ay...! ¡Pobrecito sacerdote, hijo mío y padre de mi alma...! ¡Pero qué pequeñín ante la terribilidad terrible del serse del Ser, que se te da en Don y te pide tu respuesta...!
¡Pobrecito...! ¡Cómo te veo ante la contemplación del Intocable, que, en la esplendidez de su majestad eterna, desde las alturas, espera tu palabra para abajarse, en el milagro más sorprendente que la mente del hombre pudiera vislumbrar...!
Te veo tan pequeñito... ¡y clamando con voz potente por la fuerza que la unción sagrada dio a tu palabra, capaz de abrir el Sancta Sanctórum de la Trinidad, descorriendo el velo del Templo para pedirle que pronuncie su Palabra para ti, realizándose, por esta palabra tuya, como un nuevo misterio de la Encarnación...!
¿Qué eres tú, hombrecito...? ¡Ay sacerdote de Cristo...! ¡Ay...! ¡Ay hijo mío! ¡Pobrecito...!
Estoy llorando de anonadación, de respeto, de amor y pavor ante esta realidad terrible que mi alma contempla.
¡Ay, si yo fuera sacerdote...! ¡En este momento moriría...! Aún no sé si, por verlo, podré vivir.
¡Ay sacerdote de Cristo, pobrecito...! ¡Responde como puedas al Amor...!
¡Ay, sacerdote de Cristo!, ¡responde...!, ¡responde a la Trinidad que se te da en Don, como sepas, como puedas!
¡Qué pequeño eres ante la terribilidad terrible del Momento de la Consagración...!”
Seamos conscientes los sacerdotes por nuestro ministerio sacerdotal y los fieles por su sacerdocio místico, del gran regalo que supone vivir la Santa Misa en postura sacerdotal de glorificación de Dios y de comunicación de vida a las almas. |